La localidad de La Banda, en Santiago del Estero, fue el lugar que vio nacer a uno de los mejores defensores de la historia de Independiente. Los que lo recuerdan, lo destacan como un jugador rudo, pero no malintencionado, fuerte y fibroso; “un roble”, solía decir el gran Raúl Bernao.
Imponía respeto en cada ataque rival, y daba hasta la última gota de energía para recuperar la pelota. Esa fue su marca personal, desde que debutó en el Rojo a los 21 años.
En sus primeros años tuvo algunos altibajos, no tenía la titularidad asegurada, hasta 1959 cuando estuvo apunto de emigrar y el técnico Jim Lopes confió en él y le reservó un puesto. Desde ahí, Navarro se destacó en cada juego, con una firmeza envidiable. Se convirtió en un jugador fundamental. Y por esos días, nació una sociedad temible para cualquier delantera: Navarro-Rolan.
Logró el campeonato local de 1960 y las Libertadores del 64 y 65. Aunque en la primera no pudo jugar por una doble fractura de tibia sufrida en un partido contra Central; lógico riesgo para un jugador que vivía al límite. Pero al año siguiente volvió y pudo festejar con todas las letras.
Navarro también jugó en la Selección Argentina (32 partidos), donde participó del Mundial de Chile 62. En 1966 se fue a jugar al fútbol norteamericano, donde actuó en Spartans Phipadelphia y en Cleveland Stokers. Dos años después regresó para jugar en el fútbol de ascenso para retirarse, finalmente, en 1970. Murió a los 70 años, el 14 de julio de 2003. Estaba casado y tenía dos hijos y una hija.