Los sudafricanos esperaban que el campeonato resultara un buen negocio. Pero la crisis internacional no perdona. Menos de la mitad de los visitantes previstos llegará hasta el cono sur africano para ver el evento deportivo. El campeonato en nada cambiará la vida del 25% de la población sudafricana que no tiene empleo, ni menos salvará a las mil personas que mueren todos los días por el sida.
En Sudáfrica no todo es fútbol, aunque en las próximas semanas los sudafricanos y las ciudades que albergarán el Campeonato Mundial no harán otra cosa que estar pendientes a cada juego. Mientras las autoridades de Pretoria -la capital política del país emergente más dinámico del continente- echarán a andar la caja registradora para contabilizar los ingresos que genere la competencia, millares de empobrecidos y desempleados habitantes aprovecharán el evento para manifestar sus demandas, con la esperanza de ser escuchados por alguien.
Sudáfrica es un país de fuertes contrastes, con impactantes bolsones de pobreza que conviven con fastuosos barrios y sectores enriquecidos por años de explotación de las minas de oro -el principal producto de exportación- y diamantes. Junto a Brasil, los organismos internacionales colocan a Sudáfrica entre los países con mayor desigualdad en el mundo.
El gobierno del Consejo Nacional Africano (CNA), que preside Jacobo Zuma, apuesta a que el Mundial de Fútbol dejará al país unos 1.500 millones de dólares que irán directo a las arcas fiscales, lo que representa algo así como el 0,5% del PIB. Parece mucho, pero resulta modesto para una economía cuya previsión de crecimiento para este año bordea el 3%.
Sudáfrica, a días del Mundial de Fútbol, resiente las turbulencias de la crisis económica global, que llegan a agravar los problemas estructurales de un país enclavado en un continente cuya población en su mayoría vive bajo los umbrales de la pobreza.
Aunque aporta casi el 40% del PIB de todo el continente, Sudáfrica sufre de males endémicos como el desempleo de su población apta para trabajar, que llega al 25 por ciento. Tan alta tasa de desocupación tiene sus derivados inmediatos, como los crecientes índices de criminalidad. Sólo el año pasado hubo 50 mil asesinatos en las grandes ciudades.
Para el Presidente Zuma, el Mundial de Fútbol es una oportunidad que los sudafricanos ya comenzaron a aprovechar desde que Nelson Mandela -el Premio Nobel de la Paz, ex Presidente de Sudáfrica y fundador del CNA- consiguió que el mayor evento deportivo del mundo se realice en su país. Y saca las cuentas.
La construcción de estadios, alojamientos, mejoramiento de infraestructura y otras actividades preparatorias del evento permitieron que en los dos años pasados casi 700 mil sudafricanos consiguieran empleos directos, aunque actualmente sólo los retengan unos 280 mil trabajadores. No importa, dicen Zuma y su gobierno, el uso intensivo de mano de obra para preparar el Mundial ayudó a mitigar los impactos de la crisis económica internacional.
Zuma, en un discurso hace tres meses, se comprometió a reducir el desempleo a la mitad antes del 2014, una promesa difícil de cumplir si se considera que la crisis sigue destruyendo puestos de trabajo a un ritmo de un millón por año, como ha sucedido en los últimos 12 meses. Según Stats South Africa, el 25% de desempleados es, en su mayoría, población negra, que representa el 80% de los casi 50 millones de sudafricanos.
Pero el Mundial de Fútbol no sólo tendrá como marco un país azotado por la crisis económica. Probablemente las cadenas de televisión -que se embolsarán unos tres mil millones de dólares por derechos de transmisión y patrocinios- nunca darán cuenta de los problemas políticos que afronta el gobierno de Jacobo Zuma, que gobierna Sudáfrica desde el 2009.
El camarada
Acusado de unos 800 casos de corrupción, el Presidente Zuma intenta mantener con mano firme el liderazgo del CNA y para ello cuenta con el respaldo de Mandela en las luchas internas. La colectividad -que más bien es un frente que agrupa a distintos sectores políticos- encabezó la resistencia al régimen de segregación racial, conocido como “apartheid”, que impuso la minoría blanca hasta 1994, cuando el ahora Nobel de la Paz ganó las elecciones con más del 60% de los votos.
Con 69 años, Zuma tiene un estilo autoritario para tomar decisiones y gobernar, que algunos atribuyen a su formación comunista y militar, que recibió en la desaparecida Unión Soviética durante los años en que vivía en la clandestinidad, mientras Mandela ejercía un liderazgo más bien moral desde la cárcel, donde estuvo casi tres décadas.
De la etnia zulú, el Presidente Zuma es el cuarto mandatario de la democracia multirracial que emanó desde el fin del “apartheid” y es considerado un sobreviviente de las pugnas internas del CNA.
El “camarada Zuma”, como le gusta ser llamado, tiene ocho esposas, 18 hijos y no oculta su homofobia. Cada cierto tiempo aparece involucrado en escándalos sexuales y ha sido acusado de violaciones, incluso por un amigo suyo que lo llevó a la justicia en 2008 por supuestos abusos contra su hija; pero Zuma fue absuelto.
Autodidacta, es temido por la minoría blanca que ve en Zuma a un líder duro y con pocos escrúpulos para recurrir a la violencia, como lo ha demostrado cuando ha tenido que ordenar la represión contra las movilizaciones sociales de la población negra o contra los racistas que en abril pasado protagonizaron incidentes tras el asesinato del líder ultraderechista Eugene Terreblanche, muerto a machetazos por dos de sus empleados zulúes.
“No es todo lo que soñamos, pero de todas maneras es mejor vivir en libertad”, dice el obispo Desmond Tutu, el otro Premio Nobel de la Paz sudafricano, para explicar que los cuatro gobiernos del CNA han desmontado la segregación racial aunque dieron origen a nuevas camadas de ricos, incluidos algunos líderes del propio CNA. La explicación también vale para los no siempre buenos resultados de gestión de estos cuatro gobiernos.
Mandela, que pasó 27 años en prisión, gobernó sólo cinco años y el mayor logro que se le atribuye tiene que ver con la reconciliación entre los sudafricanos. Pero su liderazgo sufrió un desgaste hasta 1996 cuando se separó de su esposa, Winnie Mandela, quien fue condenada ese año por 46 casos de fraudes y robos. El propio obispo Tutu la acusó de violar los derechos humanos cuando fue involucrada en el asesinato de un joven.
Thabo Mbeki sucedió a Mandela en 1998 y aplicó durante sus ocho años de mandato fuertes reformas que abrieron la economía sudafricana a los mercados internacionales y atrajo la inversión extranjera a través de la privatización de los servicios básicos, con lo que dinamizó el crecimiento. Pero a nivel social, Mbeki minimizó la gravedad de la epidemia de sida en el país, lo que a la larga produjo centenares de miles de muertes. El 2008 fue acusado por el actual Presidente Zuma de instrumentalizar la justicia y dimitió.
Mbeki fue reemplazado por Kgalema Motlanthe, quien hizo un breve gobierno de transición y convocó a las elecciones que ganó Zuma.
En general, los sudafricanos admiten que los gobiernos del CNA -pese a los numerosos casos de corrupción- han aplicado algunas eficientes políticas de recaudación pública que han permitido construir más de un millón 500 mil viviendas, ha llevado electricidad hasta los barrios más pobres de las grandes ciudades y ha proporcionado agua a más de siete millones de personas.
Pero los problemas pendientes son de una magnitud todavía impactante: el país más desarrollado de África tiene a casi el 25% de la población sin acceso al agua, el 20% no tiene electricidad ni ningún tipo de sistema de comunicaciones, faltan más de dos millones de viviendas y aún mueren más de mil sudafricanos al día por el sida.
Por eso la crisis es algo presente en el diario vivir de los sudafricanos que esperaban que el Mundial de Fútbol llevara más prosperidad. La crisis internacional no da tregua y también golpeó al megaevento deportivo: de los casi 500 mil visitantes que esperaba Sudáfrica, apenas llegarán unos 200 mil. Ni el Mundial mitigará los problemas de los sudafricanos.
